El derecho a la vida digna, el derecho a la paz.

“Mi tumba no anden buscando

Por que no la encontraran

Mis manos son las que vanEn otras manos, buscando.

Mi voz.. la que esta gritando!

Mi sueño, el que sigue entero.

Y sepan que solo muero

Si ustedes van aflojando.

Por que el que muriò peleando,

Vive en cada compañero!”

 

No es difícil imaginarlo: a las 10 y 55 de la mañana del 12 de octubre del 2011, en el puente de la calle quinta con carrera 36, al frente del Hospital Universitario del Valle, en Cali- Colombia, con la catadura endurecida, las manos sudorosas y las rodillas trémulas, el joven verdugo esperaba en la sombra que proyectaba el follaje de las acacias rojas, que pasará la rotunda marcha de más de 15000 estudiantes para poder cobrar por su trabajo. Tan sólo once minutos después, sintiendo el fuerte latido de su corazón, el sabor a metal en sus fauces y el olor del bareto en la punta de sus dedos, decidió tomar una decisión, no fue difícil: un muchacho moreno, magro, corriendo y sin camisa. Lanzó el proyectil hechizo, apuntando a matar, como si su mente impulsiva y fría no obedeciera al efebo nerviosismo de su cuerpo, sobre la humanidad de Jan Farid Chen Lugo, estudiante y activista de la Universidad Santiago de Cali, logrando derramar su sangre, sus vísceras y sus sueños sobre el cemento calentado por el sol.

Según la OMS, en el 2002, la violencia (homicidios, suicidios, muertes por causa de la guerra, entre otras) es causa de muerte de 4400 personas/día en el mundo (1). Según Franco, el indicador principal de la violencia nacional son los homicidios (2). En Colombia, la tasa de homicidios por cada 100000 habitantes para el año 2002, fue de 65.0, casi nueve veces la de EE.UU. para 1998 y casi ocho veces la tasa mundial para el año 2000 (1). Las principales victimas y victimarios de la violencia en Colombia han sido los jóvenes de sexo masculino (1)(2) y, en ciudades tan importantes como Medellín, el homicidio se ha vuelto la primera causa de muerte desde 1986 (3).

Aunque desde 1996, la OMS declaró a la violencia como un problema de salud pública y, desde entonces y mucho antes, han proliferado las explicaciones asociadas a “factores de riesgo”, biomédicas y conductuales del complejo fenómeno –los trastornos del animo, la impulsividad, la baja autoestima, el consumo de sustancias psicoactivas y/o cigarrillos…etc- (3), según el camino teórico que indican los expertos en el tema, los contextos explicativos de la violencia son mucho más bastos. En este orden de ideas, se identifican tres grandes contextos diferentes pero estrechamente interrelacionados: el contexto político, el contexto económico y el contexto cultural; tres grandes condiciones estructurales: la inequidad, la intolerancia y la impunidad; y tres igualmente bastos procesos coyunturales: el problema narco, la neoliberalización del Estado y el conflicto político militar (1).

Este escueto abrebocas de la magnitud del problema de la violencia, sacado de sesudas investigaciones, se quedaría en los muertos anaqueles de las bibliotecas de posgrados de las universidades, en las encriptadas bases de datos del circuito virtual de la red mundial, en la ofendida boca de los señoritos, en los 10 segundos de realidad que los noticieros le quitan a las 2 horas de fantasía del fútbol, en las promesas de los politiqueros, de los candidatos presidenciales, en el tiempo pasado que todo lo aplana y todo lo borra (como ha pasado con la impunidad frente al homicidio de Jan Farid Chen Lugo y otros centenares de estudiantes y luchadores sociales asesinados o desaparecidos), sino fuera porque le ocurre a su vecino, a su primo, a su amigo, a usted.

Esto si es difícil imaginarlo: en la madrugada del sábado 28 de Junio del 2014, cerca a Mercaderes, de camino hacia Colon Genova, en el norte del departamento de Nariño-Colombia, en una flota, la joven estudiante de Medicina de la Universidad del Valle, Lina Arcos, de ojos negros y grandes, de mirada sosegada y amable, con un menudo lunar que le adornaba la tez por debajo del arco que dibuja la boca, cerca de la comisura derecha que sustentaba su lánguida sonrisa y que descubría su dentadura blanca e infantil, como si todavía fuera de leche, con una nariz perfecta que se empotraba en su rostro y que se me antoja como el dibujo perfecto de un ángel del renacimiento, estaba sentada pensando en su hijo Samuel mientras veía la oscuridad que cubría el paisaje a través de la ventana. De repente, un hombre difuso y borroso, como pixelazo, sacó una pistola y empezó a recoger las billeteras, los relojes, los celulares, a robar las gafas de sol, las gorras, los anillos… la vida. Se le deslizó el índice sobre el gatillo y la bala se detuvo en la humanidad de Lina, ultimándola.

De Juan Carlos Juez, que apenas en Noviembre de 2013 le había jurado a Apolo, hijo de Zeus y de Leto, hermano de Artemisa y dios de la verdad, la inspiración poética y la protección, que veneraría a sus maestros en el arte galenico como a sus propios padres, que no causaría sufrimiento innecesario a ningún paciente, que no mataría, de la misma manera en que Hipócrates les hacia jurar a sus aprendices en el siglo quinto antes de cristo, y como sabemos que Juan hacía 25 siglos después en su clínica, en su laboratorio de investigación, en su vida, sólo sabemos que desapareció el domingo 29 de Junio del 2014 y apareció sin vida hoy, 01 de Julio en un hostal del barrio Colseguros, al sur de Cali, con una jeringa en su habitación. Aunque no seria extraño que sus verdugos no le hubieran rezado a Apolo sino a la Virgen, dejemos que los hechos por develar sean más elocuentes que la imaginación.

Tanto Jan Farid Chen Lugo, Lina Arcos y Juan Carlos Juez eran estudiantes de Medicina y victimas de la violencia. Violencia que hace más apremiante la paz pero que valoriza mucho más el discurso de “la paz”, discurso del que han mamado dictadores, ladrones e ineptos en el poder por más de 50 años, como Rojas Pinilla, Belisario Betancour, Andrés Pastrana y Juan Manuel Santos. Discurso en el cual nos tienen embarcados hoy durante los próximos cuatro años, haciéndonos creer que la paz con las FARC y el ELN, con sólo dos organizaciones alzadas en armas, es la paz universal. Si no fuera así: ¿en que ayudó las negociaciones de la habana a dirimir los cientos de miles de homicidios, lesiones, desapariciones y traumas que ha causado la delincuencia común? Que es lo mismo que preguntar: ¿en qué ayudaron estas negociaciones a resolver a favor de los campesinos, los docentes, los trabajadores de la salud y los estudiantes en lucha los conflictos que cada sector sostenía con el gobierno? Como vimos, los procesos coyunturales político-militares son solo una de las causas-consecuencias del inmenso problema de la violencia. La violencia mama de la teta del capitalismo, sin él, su impacto epidemiológico, como principal causa de muerte en Colombia y el mundo, se reduciría hasta casi su erradicación. Es por eso que, en el fondo, la paz no se negocia: porque los capitalistas sostienen la guerra con la ilusión de la paz y porque pueden estar en paz con organizaciones político-militares pero no con el pueblo. La paz, como el pan y como la tierra, nos recuerda Lenin, se conquista por la fuerza, como cualquier otro derecho ganado en el pasado. En este sentido, no puede haber paz sin verdad, justicia y reparación, sin condiciones dignas de vida, sin educación universal, gratuita y de calidad, sin salud popular, sin la superación genuina del machismo y la homofobia, sin una red de apoyo afectivo e íntersubjetivo. Entonces pues, no se trata de cumplir activamente nuestros deberes para recibir pasivamente nuestros derechos, se trata más bien, de que nuestro primer deber sea hacer cumplir nuestros derechos. El derecho a la vida digna, el derecho a la paz.

Goldstein, 01 de Julio de 2014.    

 

Referencias:

  1. Franco Agudelo, Saúl. 2003. Momento y contexto de la violencia en Colombia. Revista Cubana de Salud Publica. Pag 18-36-
  2. Acero González Ángela Rocío, Escobar-Córdoba Franklin, Castellanos Castañeda Gabriel. 2007. Factores de riesgo para violencia  y homicidio juvenil. Revista Colombiana de Psiquiatría, vol. XXXVI  /  No. 1.
  3. García Héctor Iván , Giraldo Carlos Alberto, López María Victoria,  Pastor María del Pilar,  Cardona Marlene, Tapias Clara Eugenia, Cuartas Deiman, Gómez Vanessa , Vera Claudia Yaneth. 2012. Treinta años de homicidios en Medellín, Colombia, 1979-2008. Cad. Saúde Pública, Rio de Janeiro, 28(9):1699-1712.
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